Dear Reader, we use the permissions associated with cookies to keep our website running smoothly and to provide you with personalized content that better meets your needs and ensure the best reading experience. At any time, you can change your permissions for the cookie settings below.
If you would like to learn more about our Cookie, you can click on Privacy Policy.
Add Innovel to the desktop to enjoy best novels.
Dear Reader, we use the permissions associated with cookies to keep our website running smoothly and to provide you with personalized content that better meets your needs and ensure the best reading experience. At any time, you can change your permissions for the cookie settings below.
If you would like to learn more about our Cookie, you can click on Privacy Policy.
Your cookies settings
Strictly cookie settingsAlways Active
UN AMOR APACIONAL Y HERIDO
READING AGE 18+
TannyParrales
NewAdult
ABSTRACT
Novela
No recuerdo exactamente en qué momento dejé de sentirme sola. No fue cuando apareciste, sino cuando empecé a necesitarte. Hay una diferencia enorme entre ambas cosas. La soledad es silenciosa; la necesidad, en cambio, hace ruido dentro del cuerpo. Me despertaba por las noches con esa presión en el pecho, con el pensamiento de tu boca, de tus manos, de la forma en que me mirabas como si supieras algo de mí que yo misma no quería aceptar.
Te conocí cuando todavía estaba rota. No curándome, no reconstruida: rota. Y tú también lo estabas, aunque fingieras que no. Tal vez por eso nos reconocimos tan rápido. Hay heridas que se llaman entre sí.
Hablábamos poco al principio. No hacía falta. Había una tensión constante, una electricidad incómoda que se colaba en cada silencio. Cuando estabas cerca, mi cuerpo reaccionaba antes que mi cabeza. Por buscar calor cuando todavía me dolía el recuerdo.
Pero el deseo no pide permiso.
La primera vez que me tocaste fue casi accidental. Tu mano rozó la mía y ese contacto mínimo me desarmó. No fue ternura lo que sentí, fue una sacudida. Una certeza brutal. Supe que, si me besabas, no habría vuelta atrás. Supe que iba a dejarte entrar incluso sabiendo que podía perderme.
Y aun así no me aparté.
Tus besos no eran suaves. Eran intensos, cargados de algo que no era solo ganas, sino urgencia. Como si besarme fuera una forma de callar todo lo demás. Yo respondí igual: con hambre, con rabia contenida, con una tristeza que se nos escapaba entre respiraciones agitadas. Nos besábamos como si quisiéramos borrar el pasado del otro, como si el cuerpo pudiera hacerlo.
Después vino la culpa. Siempre venía. Esa sensación de vacío justo después, cuando ya no estabas y el silencio volvía a ocuparlo todo. Me prometía que no volvería a buscarte, que no iba a dejar que el deseo dictara mis decisiones. Mentía. Me mentía bien, pero no lo suficiente.
Cada encuentro nos hacía más dependientes. No era amor tranquilo; era una obsesión silenciosa que se colaba en mi rutina. Pensaba en ti al despertar, al vestirme, al intentar concentrarme en cualquier cosa que no fuera tu olor, tu voz baja, la forma en que me mirabas cuando creías que no te veía. Me mirabas como si yo fuera un peligro. Y quizás lo era. Quizás lo éramos los dos.
Había tristeza en ti. Se te notaba en los gestos, en las pausas largas antes de responder, en esa manera de abrazarme como si temieras perderme incluso mientras me tenías. Nunca pregunté demasiado. Yo tampoco quería hablar de mis ruinas. Preferíamos el cuerpo al lenguaje. Preferíamos el roce, la cercanía, esa intimidad que no exigía explicaciones.
En la cama —ese espacio que se volvió nuestro refugio y nuestra condena— todo se intensificaba. No era solo deseo; era entrega desesperada. Me aferraba a ti como si soltar significara caer otra vez en el vacío. Tú me sostenías con una mezcla de fuerza y miedo, como si supieras que aquello no podía durar pero aun así no quisieras detenerlo.
Había noches en las que me mirabas en silencio después, con los ojos oscuros, cargados de algo que parecía amor y tristeza al mismo tiempo. Esas miradas me dolían más que cualquier palabra. Porque yo también sentía lo mismo: que nos estábamos lastimando, que nos necesitábamos demasiado, que aquello no iba a salvarnos.
Pero volver a estar sola me aterraba más.
Nos peleábamos sin motivo, por silencios malinterpretados, por la certeza de que ninguno estaba dispuesto a prometer nada. Y aun así, siempre regresábamos. Bastaba un mensaje, una llamada a deshoras, para que todo lo demás dejara de importar. Yo iba a ti como quien vuelve a una adicción conocida, consciente del daño, incapaz de resistirse.
El deseo era constante. No descansaba. Vivía bajo mi piel, se activaba con cualquier recuerdo tuyo. A veces me sorprendía a mí misma cerrando los ojos e imaginando tu presencia solo para sentir algo distinto al dolor. Me daba vergüenza admitirlo, pero el deseo se había convertido en mi forma de anestesia.
Hubo un momento —siempre lo hay— en que entendí que estaba enamorada. No de una forma dulce, sino profunda y peligrosa. Enamorada de tu oscuridad, de tu manera de huir, de esa tristeza que reconocía como propia. Amar así no se siente como una promesa, se siente como una amenaza.
Te lo dije una noche, casi sin voz. No respondiste de inmediato. Me abrazaste con fuerza, como si la confesión pesara más que cualquier caricia. Cuando hablaste, no dijiste que me amaras. Dijiste que no sabías cómo quedarse. Y eso fue casi peor.
A partir de ahí todo se volvió más intenso y más frágil. Nos deseábamos con una desesperación que rozaba la angustia. Cada encuentro podía ser el último, y esa posibilidad lo volvía todo más urgente. Nos tocábamos como si quisiéramos grabarnos en la memoria del otro, como si el cuerpo fuera lo único que podía permanecer cuando todo lo demás se desmoronar.
La tristeza se v